TEPELLIZCO EN BERNAL

Por Paloma Luis

La sensación de haber comenzado mi viaje llegó justo cuando me subí al  autobús en Querétaro con destino a Bernal. No tenía ni cinco minutos  de haberme sentado,  cuando ya tenía frente a mí a un vendedor de pomada “mágica”,  para el dolor muscular, y luego llegó otro que me ofreció  una loción para desinflamar dientes y encías, uno más que vendía cacahuates, lunetas y gomitas; y otro más que ofrecía paletas heladas de frutas.

Media hora después, ya veía de cerca el gran monolito (el tercero más grande del mundo), la Peña de Bernal. La primera parada en este pueblo mágico fue en el Hotel Boutique Casa Mateo. Una construcción que según supe, pertenece  a la misma familia desde hace muchas generaciones. Durante la Revolución les fue arrebatada, años después la recuperaron.

Alrededor de las  seis de la tarde,  fui invitada a comer a la terraza del hotel, iniciando así,  en un escenario maravilloso, una experiencia inolvidable. Nubes  rosadas a lo lejos,  cúpulas amarillas de las iglesias,  y al fondo el espectacular  gigante de piedra; un añoso árbol que a esa hora se convierte en la cuna de muchas aves. Desde la azotea de este edificio centenario que convirtieron en comedor, se puede ver el paisaje completo, sin duda, el mejor lugar de todo el pueblo.

Tuve el placer de comer acompañada de tres magníficos anfitriones, entre ellos Miguel, el dueño del lugar, quien se aseguró de darnos un banquete digno de reyes. La comida es deliciosa, con un servicio de primera. El menú incluyó ensalada con queso Roquefort, chile relleno de mango, pollo con arroz en salsa rosa, y un postre que es una fiesta para el paladar, “fruta pochada”,  peras y manzanas bañadas en vino tinto, con nieve de vainilla. Exquisito.

Para conocer un poco más del lugar, realizamos el recorrido que se conoce como “Leyendas”. Se trata de una divertida e interesante experiencia donde  un par de comediantes encarnan a algunos personajes de la historia de la Peña de Bernal. Se dice que Don Tiburcio Ángeles era un hombre muy rico que en alguna ocasión recibió un cofre lleno de oro. Como eran los tiempos agitados de la Revolución, y por el riesgo de que se lo robaran al trasladarlo a la Ciudad de Querétaro, lo enterró –según cuenta la tradición- en algún lugar cerca de la plaza, en cuyos jardines hay un pozo. Curiosamente el pozo no tiene agua sino dos túneles subterráneos que sirvieron como ruta y pretexto, para buscar el tesoro. Dicen que fue el año de 1886, cuando se apareció el fantasma de Don Tiburcio, quien dio  instrucciones al cura del pueblo para que reconstruyera la iglesia. Claro está, le dijo también donde se encontraba enterrado el cofre lleno de oro, para que pudiera cumplir su deseo.

Al día siguiente visitamos Viñedos Azteca, un proyecto de vinos y caballos,  que nace en el casco de una hacienda de la familia Ferreira. El recorrido es una introducción al mundo de los vinos, gracias al cual los visitantes podemos conocer un poco sobre la cosecha de uvas, la vendimia y la fermentación. La visita culmina con una cata de vinos de la casa.

Es muy inspirador observar que en la Peña de Bernal, sus moradores se sienten orgullosos de esta parte de México, recordándonos siempre su belleza.

La gente habla de eso todo el tiempo y contribuye a fortalecer esta convicción.

Nos hospedamos en Rancho San Jorge, un proyecto integrado por varias cabañas, un jardín para eventos, un pequeño lienzo y caballerizas. Sus dueños logran hacer que la gente se sienta en familia, son apasionados de la charrería y la defienden con la gallardía que merece el que es, el único deporte mexicano.

Para los amantes de las cabalgatas hay recorridos por el monte, desde donde se puede contemplar todo el valle. Un extraordinario panorama cubierto de nopales y biznagas,  que están ahí desde hace más de cien años. Un fenómeno bastante curioso es que estando abajo, la Peña parece más grande que el cerro, pero estando arriba sucede exactamente lo contrario. De ese mismo cerro, una compañía minera canadiense extrae oro y plata desde hace muchos años.

Tuve la fortuna de conocer a Don Jorge, una persona como hacía tiempo no encontraba. Nos compartió historias de su familia, de aparecidos (aunque no cree en eso) y de tesoros.

Cuenta que han llegado desde buscadores de tesoros, hasta chamanes, pues se sabe que en algún lugar, en sus tierras, hay un tesoro escondido. Ya en una ocasión un peón de su tío, que iba subiendo el cerro, se alejó para hacer sus necesidades, y precisamente ahí se encontró un arcón lleno de lingotes de oro, pidió una carreta prestada y por la noche fue a recogerla, le dio todo a su patrón. “Eran otros tiempos”, dice con nostalgia.

Me emocionó profundamente escucharlo decir que la palabra y el honor son lo más importante para un hombre. Me dio la impresión de tener frente a mí a una persona de otra época, como si el tiempo se hubiese detenido.

Terminando el recorrido ya nos esperaba su hija Lorena. Había carne en el asador,  la mesa de vinos y quesos, éstos últimos a base de la leche de las vacas cuidadosamente alimentadas, lo cual se nota de inmediato, por su sabor distinto y delicado.

Nos faltaron días para recorrer todas las maravillas de Bernal. Tras tres días de fiesta,  Alejandro y yo nos despedimos, alegres y agradecidos, con la promesa de volver.