Silvestre Borgatello entre las vitrinas de la Bodega de Colecciones del Museo Anahuacalli, con su reflejo en el cristal.

La memoria del agua: Silvestre Borgatello y las huellas del paisaje en el Anahuacalli

La memoria del agua, de Silvestre Borgatello, llega al Museo Anahuacalli como un ensayo visual sobre fotografía, paisaje y memoria. A partir del Cerro Tetzcotzinco, en Texcoco, el artista, arquitecto y paisajista reflexiona sobre la relación histórica del Valle de México con el agua.

La memoria del agua, de Silvestre Borgatello, encuentra en la Bodega de Colecciones del Museo Anahuacalli un espacio particularmente significativo. Entre piedra volcánica, concreto, acero, vidrio, piezas prehispánicas y las vistas hacia el jardín, las imágenes del artista establecen un diálogo entre territorio, fotografía y memoria.

Originario de Rosario, Argentina, Borgatello vive desde hace ocho años en la Ciudad de México. Su formación como artista visual, arquitecto y paisajista atraviesa una práctica en la que observar un territorio significa también interrogar su historia.

Para él, presentar esta exposición en el Anahuacalli tiene un significado especial, no solamente por la relación del museo con Diego Rivera, sino por el espacio elegido: la Bodega de Colecciones, dedicada al resguardo, estudio y conservación de parte del acervo prehispánico reunido por el artista mexicano. Por motivo de la exposición, este espacio abre sus puertas al público.

“Esta exposición es como un primer capítulo sobre la historia de la memoria del agua en el Valle de Anáhuac.”

Para Borgatello, el agua permite leer la historia del territorio.

“Me parece que el agua es la metáfora perfecta de toda la historia del valle”, explica durante nuestra conversación.

La memoria del agua de Silvestre Borgatello en el Anahuacalli

El punto de partida de la exposición es el Cerro Tetzcotzinco, en Texcoco, Estado de México.

A partir de diferentes recorridos por el sitio, Borgatello desarrolló un ensayo visual sobre sus transformaciones, estratos geológicos y culturales, y sobre las relaciones entre presencia, ausencia y memoria.

El museo describe La memoria del agua: Cerro Tetzcotzinco precisamente como una investigación sobre el paisaje del Valle de México construida desde la fotografía, la pintura y la memoria del territorio. 

Sin embargo, el propósito del artista no consiste en documentar Tetzcotzinco como un vestigio aislado del pasado.

Su interés está en observarlo como un paisaje atravesado por el tiempo.

“La idea es que la muestra sea un disparador para ir, para ver el paisaje, tratar de entenderlo no como una reliquia, sino como algo en el tiempo.”

[IMAGEN 2 — DESPUÉS DE ESTE PÁRRAFO] Una vista general de la exposición donde se vean simultáneamente las obras de Borgatello, las vitrinas de la Bodega de Colecciones y la arquitectura. ALT: Exposición La memoria del agua de Silvestre Borgatello en la Bodega de Colecciones del Museo Anahuacalli.
El encuentro con una de las obras de La memoria del agua, de Silvestre Borgatello, en la Bodega de Colecciones del Museo Anahuacalli. Fotografía: Alejandro Carballo.

Cerro Tetzcotzinco: agua, paisaje y memoria

Tetzcotzinco constituye uno de los ejemplos más significativos de transformación del paisaje e ingeniería hidráulica en el México prehispánico.

Durante el gobierno de Nezahualcóyotl, el sitio alcanzó su máximo esplendor. Los acolhuas aprovecharon manantiales y la topografía natural para desarrollar un complejo sistema de canales, acueductos, depósitos, jardines y estructuras arquitectónicas talladas en la roca. El Instituto Nacional de Antropología e Historia lo considera una de las grandes manifestaciones de la ingeniería hidráulica prehispánica. Tetzcotzinco: ingeniería en el Texcoco prehispánico — INAH

Popularmente conocido como los Baños de Nezahualcóyotl, Tetzcotzinco fue además un lugar relacionado con el retiro, la meditación, la observación astronómica y diversos rituales de carácter político y religioso. 

Precisamente esa superposición entre naturaleza, conocimiento y transformación humana es la que interesa a Borgatello.

Para el artista, contemplar ese paisaje significa reconocer también una forma de tecnología sobre el territorio.

“En el fondo, la intención de toda mi práctica es dar herramientas para que uno siga, como espectador, interpretando la historia del paisaje y haciéndose preguntas sobre por qué las cosas son como son.”

Obra de Silvestre Borgatello con un paisaje rocoso, instalada frente a vitrinas con figuras arqueológicas del Museo Anahuacalli.
Obra de la serie La memoria del agua. Cerro Tetzcotzinco (2026), de Silvestre Borgatello, en la Bodega de Colecciones del Museo Anahuacalli. Fotografía: Alejandro Carballo.

Cuando la naturaleza dejó de ser amenaza

Sin embargo, La memoria del agua no se limita a reflexionar sobre un sitio arqueológico.

La conversación con Borgatello conduce rápidamente hacia una pregunta mucho más amplia: ¿qué significa mirar un paisaje en la actualidad?

Para él, nuestra concepción moderna del paisaje está relacionada con el momento en que el ser humano desarrolló herramientas suficientes para transformar y controlar la naturaleza.

“Dejó de ser amenaza y se transformó en nostalgia”, resume.

A partir de ese momento, la naturaleza comenzó también a convertirse en aquello que observamos, representamos y añoramos.

Borgatello encuentra en esa relación una de las contradicciones fundamentales de la experiencia contemporánea.

Quienes vivimos en las ciudades nos encontramos continuamente ante una especie de “anhelo por una totalidad perdida”.

El paisaje nos coloca, entonces, entre pares aparentemente opuestos: fragmento y totalidad, interior y exterior, naturaleza y artefacto.

“Yo trabajo esa distancia entre las cosas y sobre esa inminencia y esa imposibilidad que presenta el paisaje.”

En una megalópolis como la Ciudad de México, esta reflexión adquiere todavía mayor fuerza: debajo de la estructura urbana contemporánea permanece la memoria de un territorio profundamente determinado por lagos, manantiales, canales y sistemas hidráulicos.

Silvestre Borgatello posa con las manos juntas entre las vitrinas de la Bodega de Colecciones del Museo Anahuacalli.
Silvestre Borgatello durante la inauguración de La memoria del agua: Cerro Tetzcotzinco. Foto: Alejandro Carballo / The Book of Life Magazine.

Entre fotografía analógica y materia

A partir de esta reflexión sobre el territorio, Borgatello construye imágenes que se desplazan constantemente entre fotografía y pintura.

Su proceso comienza con fotografía analógica y ampliaciones en plata sobre gelatina, que posteriormente interviene manualmente con pigmentos, óleo, cera y otros materiales.

La combinación no es solamente técnica.

Para Borgatello, fotografía y pintura representan maneras diferentes de relacionarse con el tiempo.

“Lo fotográfico es suceso: algo que pasó, que sigue en el instante, que sigue pasando y que se proyecta hacia el futuro.”

La pintura, en cambio, introduce materia y presencia.

Su trabajo ocurre precisamente en ese desplazamiento entre el instante fotográfico y la presencia material de la pintura.

“Es como que lo pictórico y lo fotográfico… lo fotográfico es suceso y lo pictórico tiene que ver con la materia. Esa es mi síntesis”, explica.

Por ello, una de sus búsquedas consiste en eliminar el vidrio que tradicionalmente separa al espectador de una fotografía y permitir que la superficie de la imagen se integre físicamente al espacio.

Las intervenciones transforman así la fotografía en un objeto.

“Esa sensación que da una fotografía de tiempo, de algo que pasó, que está presente y se sigue proyectando, en relación con las materias empieza a construir una especie de extrañeza.”

Y en esa extrañeza reaparece nuevamente la pregunta por el paisaje.

Obra de Silvestre Borgatello de La memoria del agua: Cerro Tetzcotzinco
La memoria del agua: Cerro Tetzcotzinco, de Silvestre Borgatello. Cortesía del Museo Diego Rivera Anahuacalli.

La Bodega de Colecciones del Museo Anahuacalli

Precisamente por ello, el espacio de exhibición resulta fundamental.

La Bodega de Colecciones del Museo Anahuacalli no funciona simplemente como contenedor de La memoria del agua. Forma parte de su experiencia.

Las obras contemporáneas conviven con piezas del acervo prehispánico reunido por Diego Rivera, mientras la arquitectura introduce constantemente concreto, vidrio, acero y piedra.

Borgatello encontró incluso correspondencias materiales entre sus piezas y el lugar.

“Cera, acero… es como que casi pareciera que fuese diseñado desde el día uno con el espacio”, comenta.

La disposición de las obras mantiene un orden reconocible dentro de las vitrinas, aunque evita construir un recorrido demasiado rígido.

El montaje busca permitir que el visitante perciba simultáneamente las fotografías, las piezas prehispánicas, la arquitectura y el paisaje exterior.

Visitante observa una obra de Silvestre Borgatello en la Bodega de Colecciones del Museo Anahuacalli
Visitante durante La memoria del agua: Cerro Tetzcotzinco, de Silvestre Borgatello, en la Bodega de Colecciones del Museo Diego Rivera Anahuacalli. Foto: Alejandro Carballo / The Book of Life Magazine.

Una exposición que cambia con la luz

Al mismo tiempo, existe un elemento que modifica constantemente la muestra: la luz natural.

Durante nuestra conversación, el día estaba nublado.

Borgatello señaló entonces que las obras cambiarían cuando apareciera el sol y volverían a hacerlo conforme avanzaran las horas.

“Hoy que está nublado se va a ver de una manera y cuando se despeje el cielo va a ser de otra. Y varía de acuerdo con las horas.”

La exposición adquiere así una condición temporal.

No existe una sola experiencia de las piezas.

La luz exterior atraviesa el edificio, modifica reflejos y superficies y permite recuperar algo que Borgatello considera esencial: la experiencia espacial dentro de la experiencia estética.

Visitantes observan una obra de Silvestre Borgatello junto a los ventanales del Museo Anahuacalli
Visitantes frente a una obra de La memoria del agua: Cerro Tetzcotzinco, de Silvestre Borgatello, en la Bodega de Colecciones del Museo Diego Rivera Anahuacalli. Foto: Alejandro Carballo / The Book of Life Magazine.

Del Tetzcotzinco al paisaje volcánico del Anahuacalli

De este modo, la exposición conecta también dos territorios.

Las fotografías nos trasladan hacia Texcoco y el Cerro Tetzcotzinco, mientras que el edificio del Anahuacalli nos devuelve al paisaje volcánico del sur de la Ciudad de México.

Desde las ventanas de la Bodega de Colecciones aparece una vegetación que Borgatello describe casi como una huella natural.

Debajo permanece la piedra.

La presencia del Xitle y del Pedregal forma parte inevitable de la experiencia espacial del museo.

Así, La memoria del agua de Silvestre Borgatello establece un tránsito continuo entre Texcoco y Coyoacán, entre agua y roca, entre fotografía y pintura y entre pasado y presente.

Lo que encontramos no es un paisaje inmóvil, sino un territorio compuesto por diferentes estratos de memoria.

¿Qué propone La memoria del agua de Silvestre Borgatello?

La memoria del agua propone comprender el paisaje como un territorio donde convergen tiempo, transformación, memoria y presencia.

A través de fotografía analógica intervenida con materiales pictóricos, Silvestre Borgatello utiliza el Cerro Tetzcotzinco como punto de partida para reflexionar sobre la relación histórica del Valle de México con el agua y sobre nuestra forma contemporánea de mirar la naturaleza.

El proyecto funciona, por lo tanto, menos como una conclusión que como el inicio de una investigación.

Un primer capítulo.

Una invitación a volver al paisaje

Hacia el final de nuestra conversación le preguntamos a Borgatello qué esperaba que permaneciera en quienes visitaran la exposición.

Su respuesta volvió inmediatamente al museo.

“Lo más importante para mí, más allá de mi exposición, es visitar el museo. Cualquier excusa es buena para venir al museo.”

Después regresó nuevamente al territorio.

Su deseo es que las imágenes funcionen como detonadores de curiosidad: que alguien salga del Anahuacalli con ganas de conocer Tetzcotzinco, caminarlo y preguntarse qué significa aquello que observa.

Porque detrás de sus piedras, canales y estructuras permanece también la historia de cómo distintas sociedades imaginaron, entendieron y transformaron el territorio.

En pocas ciudades esta relación resulta tan evidente como en la Ciudad de México.

Su historia con el agua, dice Borgatello, puede ser trágica.

Pero también es extraordinaria.

Y quizá allí se encuentre la verdadera fuerza de La memoria del agua: recordarnos que aquello que aparentemente permanece inmóvil está, en realidad, cargado de tiempo.

Silvestre Borgatello conversa con dos visitantes entre las vitrinas de la bodega del Museo Anahuacalli.
Silvestre Borgatello conversa con dos visitantes en la Bodega de Colecciones  del Museo Diego Rivera Anahuacalli. Fotografía: Alejandro Carballo / The Book of Life Magazine.

La memoria del agua: Cerro Tetzcotzinco

Artista: Silvestre Borgatello
Sede: Bodega de Colecciones, Museo Diego Rivera Anahuacalli
Lugar: Coyoacán, Ciudad de México
Fechas: 10 de octubre de 2026 al 10 de enero de 2027
Entrada: incluida con el boleto de acceso al museo Anahuacalli
Proyecto: fotografía analógica, ampliaciones en plata sobre gelatina e intervenciones manuales con pigmentos, óleo, cera y otros materiales. 

¿Dónde se presenta La memoria del agua?

La memoria del agua: Cerro Tetzcotzinco se presenta en la Bodega de Colecciones del Museo Diego Rivera Anahuacalli, en Coyoacán, Ciudad de México, del 10 de octubre de 2026 al 10 de enero de 2027.
La memoria del agua — Museo Anahuacalli

¿Qué técnica utiliza Silvestre Borgatello?

Borgatello combina procesos de fotografía analógica y ampliaciones en plata sobre gelatina con intervenciones realizadas con pigmentos, óleo, cera y otros materiales, llevando sus imágenes hacia un territorio intermedio entre fotografía y pintura. 

¿Por qué es importante el Cerro Tetzcotzinco?

Ubicado en Texcoco, Estado de México, Tetzcotzinco alcanzó su mayor esplendor durante el gobierno de Nezahualcóyotl. Su complejo sistema de jardines, canales, acueductos y depósitos constituye uno de los ejemplos destacados de ingeniería hidráulica del México prehispánico.

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